Noche de Bodas.
Regina se despertó sobresaltada en mitad de la noche. La lluvia se filtraba por el techo de la cabaña, mojando el hermoso vestido de bodas que aún llevaba puesto. Sus ojos recorrieron con ansiedad la oscuridad del lugar tratando de ubicarse. Al ver que estaba sola no pudo reprimir un suspiro de alivio. A sus pies descansaba hecho girones el fino velo de novia que Juan le había arrebatado a la fuerza hacía unas horas. Temblando de frio y miedo, se abrazó a si misma arrepintiéndose por primera vez del sacrificio que acababa de hacer por amor.
Con manos inseguras se palpo el cuerpo, temiéndose lo peor. Sus recuerdos estaban algo confusos. Las imágenes se sucedían rápidas entre sí; el ramo de flores blancas, la fugaz ceremonia, el discreto convite… y, sobre todo, recordaba claramente la censura en los ojos de Renato.
En la cabeza de Regina resonó la última advertencia que su hermana le había hecho al oído, justo antes de que Juan la jalara por un brazo fuera de la fiesta:
-Juan odia con la misma pasión desmedida con que ama, y a ti, querida hermanita, no te ama.
Aimé no había terminado de hablar, cuando Juan ya estaba arrastrado a Regina fuera del convite rumbo al peñón del diablo. En la cima de aquel inhóspit☺ paraje les esperaba una cabaña destartalada, iluminada por el tenue fulgor de una vela.
-No ponga esa cara, Santa Regina, y agradezca que al menos tiene un techo donde cobijarse.
Regina frunció el ceño al ver como Juan abría la endeble puerta de la choza y hacía una reverencia para recibirla.
-Pase mi estimada señora, este será su nuevo hogar desde hoy.
-Pero yo creía que… Bueno, Renato dijo que usted…
-Hable sin reparos, Santa Regina.
La mujer se retorció las manos nerviosamente y dijo con un hilo de voz:
-Yo creía que usted tenía algo de dinero…
-Dinero… Otra vez esa bendita palabra. Habla usted igual que su hermana.
-¡Yo no hablo igual que mi hermana! ¡Ella y yo somos totalmente diferentes!
-Por la cuenta que le trae espero que así sea. A mí lado no la esperan lujos o comodidades. Así que vaya acostumbrándose a mi forma de vivir.
Regina miró con desprecio a su esposo y atravesó el umbral de la puerta con la poca dignidad que conservaba susurrando por lo bajo:
-Es usted un salvaje, un salvaje sin corazón.
-¿Sin corazón, dice? –Juan soltó una cínica carcajada y tomó a su esposa en brazos- Le voy a demostrar de lo que es capaz este salvaje sin corazón.
Un relámpago iluminó la habitación devolviendo a Regina al presente, donde descubrió con horror que no estaba sola en la habitación como había creído en un principio. Juan estaba sentado una silla observándola receloso, con una mueca insolente en el rostro.
-Por fin se despierta mi adorable mujercita.
-¡Es usted un desalmado! –Se le encaró Regina, palpando sobre el catre en busca de un objeto contundente con el que defenderse- ¿Cómo ha podido cometer semejante atrocidad conmigo?
-¿Yo? ¿Con usted? ¿Cuándo?
-Ahora. Y deje de reírse sabe muy bien de lo que hablo –Regina contuvo las lágrimas y se aferró con fuerza a uno de sus zapatos de novia.
-La verdad es que no. Así que refrésqueme la memoria un poco, Santa Regina.
-¡Cómo se atreve a burlarse de mí!
Regina salto de la cama con zapato en mano y a ciegas apuntó hacia la cabeza de su esposo. Juan esquivó el golpe y tomó a su mujer por la cintura apretándola contra sí.
-No sabía que las monjas fueran tan enojonas...
-Es usted un atrevido –Regina forcejeó tratando de liberarse.
-Tranquilícese, santa Regina. Sigue siendo usted santa y pura. Jamás forzaría a una mujer y menos si está inconsciente.
El resplandor azulado de otro rayo le permitió a Regina ver el rostro de su esposo a pocos milímetros de ella. Nerviosamente, se apartó un mechón de pelo del rostro. Juan enarcó una ceja al ver el gesto aparentemente inocente de su esposa y solo para martirizarla dijo:
-Tarde o temprano, santa Regina, ese momento que tanto teme tendrá que suceder.
Regina contuvo el aliento. El corazón le había comenzado a palpitar salvajemente en el pecho. Y aunque jamás lo reconocería, ni tan siquiera bajo tortura, el cosquilleo que sentía en el estomago no se debía solo al miedo…
Ya habían pasado dos semanas desde la boda, y Regina apenas si veía a su marido. Este se marchaba al despuntar el alba y regresaba bien entrada lo noche para dormir en una cobija sobre el piso. Al principio Regina dormía con un ojo abierto desconfiando de las intenciones de de Juan, pero con el paso de los días ese temor fue sustituido por la curiosidad de saber que hacía su esposo durante todo el día.
Ella por su parte se había dedicado a explorar el peñón del diablo y había descubierto un paraje extraordinario formado por una cascada natural, que descendía hasta un estanque rodeado por riscos. Allí era donde habitualmente se bañaba. Estaba tan alejada del mundo que había olvidado por completo sus inhibiciones. Durante el día nadie la visitaba.
Renato estaba intranquilo. En un arrebato de furia, tras descubrir que Juan y Regina tenían relaciones furtivas, había obligado a su cuñada a casarse con Juan. Siempre que se enfadaba reaccionaba sin pensar. Ahora estaba comenzando a arrepentirse. Sabía que su reacción había sido exagerada y estaba dispuesto a disculparse con Regina. Sus nervios se fueron disipando a medida que avanzaba por el sendero que conducía al peñón del diablo. Según los lugareños era allí donde vivía la pareja recién casada.
Juan llego a la cabaña pasado al mediodía. Una viga del refugio que estaba construyendo con sus hombres, se había desplomado sobre él hiriéndole en el hombro derecho. Todos sus amigos, incluido colibrí, habían hecho un motín para que regresara a casa y descansara. A regañadientes había accedido a volver a aquel infierno, donde le esperaba una esposa fría como el hielo.
Al llegar a su “dulce hogar” le extrañó no ver a Regina por ningún lugar. Estuvo mirando por los alrededores pero al no verla se adentró en el corazón del peñón.
Regina estaba disfrutando de su baño diario. El agua cálida la rodeaba por completo y se reía con las cosquillas que la cascada le hacía en la espalda. Qué rico el sonido de la naturaleza, el viento, los pájaros… Estaba de tan buen humor que se puso a tararear una melodía con los ojos cerrados. Con las manos se acarició el cuerpo cubierto por un camisón tan mojado que era casi transparente.
Renato contempló el espectáculo anonadado. Frente a él había una mujer completamente distinta de su cuñada. No había ni rastro de la mujer recatada y callada que él conocía. Parecía una diosa. Estaba simplemente hermosa. Renato tragaba saliva sin atreverse a mover un solo musculo por temor a ser descubierto, cuando se percató de que no era el único que espiaba a Regina. Al otro lado del estanque Juan contemplaba pasmado a su esposa.
Juan tardó una decima de segundo en desnudarse y zambullirse en el agua. Regina alertada por el chapoteo se cubrió los senos y se apartó de la cascada.
-¿Quién anda ahí?
Juan surgió enfrenté de ella con el pelo empapado. Las gotas de agua le resbalaban por la cara y el torso desnudo. Regina abrió la boca sorprendida al ver la desnudez de su marido y apartó los ojos, avergonzada.
-¿Qué hace aquí?
-¿Usted que cree? -Juan recorrió el escaso espacio que le esperaba de Regina y la apretó contra él-. ¿Sí comienzo a besarla gritará?
Regina volvió a mirarlo con los ojos como platos.
-¡No sea atrevido!
-¡Ya me cansa, siempre con la misma cantaleta!
Regina iba a replicarle en el momento en que Juan cubrió sus labios y selló su silencio con un beso. Regina forcejeó contra él, pero de nada sirvió. Se sentía extraña; algo perturbada y muy excitada. Poco a poco, a medida que el beso se hacía más profundo, Regina se abandonó al placer y enredó los dedos en el pelo de Juan apretándose contra él. Tampoco puso ningún reparo cuando Juan acarició uno de sus senos, más bien arqueó la espalda con total entrega.
Renato avanzó otro paso, sujetándose a un arbusto y sintiendo como una furia ciega iba creciendo en su interior. Por primera vez en su vida, envidiaba la suerte de otro; la suerte de Juan del Diablo.
Regina se sentía aturdida. Sentía como si todo el cuerpo le ardiera y ese fuego iba incrementando a medida que Juan avanzaba en la intima exploración de su ser. Todos los sonidos que los rodeaban se intensificaron; de repente sentía más vivido el trinar de los pájaros, el fluir del agua, el tintineo de la cascada, el viento meciendo los arboles… los labios tibios de su esposo en el cuello.
Tímidamente Regina recorrió con sus manos el amplio pecho de Juan, mientras este le bajaba uno de los tirantes del empapado camisón, revelando la parte superior de un seno blanco y cremoso.
-Eres tan suave y delicada –le susurró con voz ronca y profunda al oído.
Regina trago saliva cerrando los ojos para abandonarse el placer. Juan introdujo una pierna entre sus muslos incrementando su deseo.
-Yo… yo… -balbuceó la mujer-. Nunca antes había hecho nada de esto.
-Yo tampoco… -dijo Juan mirando el rostro sorprendido de Regina-. Digo, es la primera vez que estoy casado.
Juan aproximó su rostro al de Regina y plantó en sus labios un beso tierno. Ella tiemblo de deseo.
-No sé que tanto sepas o que te hayan contado... pero esto puede ser tan hermosos como uno quiera.
Lentamente Juan se deshizo del camisón de Regina y con devoción acarició todos los rincones de su cuerpo.
Renato estaba allí parado observándolo todo. Algo se había apoderado de él; un deseo que no le permitía moverse de ese lugar privilegiado desde donde podía observar a los dos amantes. Las entrañas se le giraron cuando vio como Juan iba desnudando a Regina, sin que ella se opusiera en absoluto. Estaba totalmente entregada a la pasión; ella, su cuñada, aquella criatura bondadosa e inocente, aquella a quien él había catalogado de desapasionada.
-¡Maldito bastardo! –murmuró rígido como una estaca sin poder apartar sus ojos de la escena.
Se sentía como si Regina le estuviera traicionando y aunque era ridículo estuvo tentado de salir de su escondite e interrumpir a la pareja. Cuando ya no pudo soportarlo más, se dio media vuelta y desando sus pasos de regreso a su “hogar”. Aimé estaba más irascible y descontrolada que nuca. Renato ya no soportaba más los cambios de humor de su esposa y su voz chillona quejándose por todo. Estaba empezando a pensar que se había casado con la hermana equivocada. No –se recriminó mentalmente-, no debería ser tan injusto. Aunque Aimé era una criatura algo malcriada y voluble; a diferente de Regina, su esposa era una mujer inmaculada.
Aimé camina cansada y pálida hacia su recamara. Todas sus mentiras han sido descubiertas y Renato por poco la mata; gracias a la intervención de su padre y Leonarda aún sigue con vida, pero eso ya no le importa. ¿Para qué le sirve una vida entera si no va a poder estar junto a Juan?
En su camino se cruza con un espejo de cuerpo entero, que le devuelve el reflejo de una mujer débil y llorosa. Su ropa está hecha girones y el cabello desgreñado: no queda ni rastro de la mujer que era antes.
-¿De verdad creías que ibas a poder tenerlo todo, Aimé? –se pregunta acariciando su reflejo- Pues te equivocaste… ¡Te equivocaste, estúpida!
En un acto de desesperación Aimé agarra un jarrón y lo estampa contra el espejo. La parte superior del cristal se hace añicos y el resto queda cuarteado. Con los ojos anegados en lágrimas, se deja caer frente al espejo destrozado, contemplando su reflejo distorsionado por las grietas del vidrio.
-Ya no me queda nada. Lo he perdido todo… todo –nadie la consuela, la casa está bacía-. ¿Qué me espera ahora? Renato me va a echar y Regina no va a ayudarme más. Estoy sola y no tengo a nada ni nadie.
Es una mujer vencida, sin dignidad. Llora y llora, hasta que un destello llama su atención; a sus pies hay un trozo de afilado cristal. Parpadea varias veces mirando el objeto punzante, como si en su vida hubiera visto otro igual. Embelesada, tal vez envenenada por el desconsuelo, toma el fragmento de cristal cual cuchillo y secciona una de sus muñecas. La sangre roja comienza a brotar.
-Ya no me queda nada. Lo he perdido todo… todo –nadie la consuela, la casa está bacía-. ¿Qué me espera ahora? Renato me va a echar y Regina no va a ayudarme más. Estoy sola y no tengo a nada ni nadie.
Es una mujer vencida, sin dignidad. Llora y llora, hasta que un destello llama su atención; a sus pies hay un trozo de afilado cristal. Parpadea varias veces mirando el objeto punzante, como si en su vida hubiera visto otro igual. Embelesada, tal vez envenenada por el desconsuelo, toma el fragmento de cristal cual cuchillo y secciona una de sus muñecas; la sangre roja comienza a brotar. Mientras se va desangrando sonríe recordando a su hermana y piensa «nunca le he dicho cuanto la quiero». El sueño eterno se va apoderando de ella acompañado por las imágenes de Renato, de su padre… y sobretodo de Juan». Su Juan, del Diablo. Cuando exhala su último suspiro tres palabras surgen de sus labios: te amo, Juan.
Favoritos